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Cuando entré en el país de Nunca Jamás no pensé que podría llegar donde estoy ahora. Aquel lejano día Peter Pan me mostró el lugar en todo su esplendor, me contó maravillas, lo que se podía llegar a conseguir. Yo estaba asombrado, eufórico, animado por un halo de luz naranja que lo envolvía todo; ante mí un sitio lleno de oportunidades donde todo era posible. Ese mismo día me presentó a todos sus moradores, el Capitán Garfio, los piratas y los Niños Perdidos.
El Capitán Garfio y sus piratas eran encantadores, siempre cantando sus proezas, y todo el mundo disfrutaba y se mostraba risueño, no podía existir otro país más perfecto en el mundo de Fantasía.
En los días siguientes Peter Pan me contó los fabulosos tesoros que Nunca Jamás poseía, y de cómo algunos Niños Perdidos que conocían el juego habían recibido del Capitán Garfio algunas monedas de oro. Enseguida quise conocer las reglas y entrar a formar parte del juego. Desde el primer momento, al igual que a cualquier Niño Perdido, todos los meses me daban pan con chocolate para merendar. Estaba satisfecho, nada me había de faltar.
Escuchaba emocionado historias que algunos Niños, los más antiguos, me contaban. Algunos dijeron cómo habían conseguido ver el inmenso tesoro, de cómo el Capitán Garfio en persona les había felicitado por su gran destreza, incluso uno de ellos me enseñó una moneda de oro que recibió de sus propias manos. Peter Pan me relató entonces fantásticas historias de Niños que por su valía se convirtieron en piratas ayudantes del Capitán.
Incluso de cómo el mismo Capitán Garfio llegó en su barco a Nunca Jamás siendo un Niño Perdido, y logró encontrar el plano de todos los tesoros. Yo tenía los ojos abiertos como platos y escuchaba atento como Peter me explicaba las reglas del juego. Si seguía bien todos los pasos podría llegar a ser lo que me propusiera.
Pasé largos meses buscando el tesoro, fantaseando con ser un pirata y poder surcar los mares de Nunca Jamás a bordo del barco del Capitán Garfio, incluso me ponía un traje de pirata que encontré en una cueva mientras buscaba el tesoro comiendo mi pan con chocolate.
Pasó el tiempo y no sé si es que no recordé bien las instrucciones que me dio Peter Pan, o quizás fue que algunos piratas me dieron pistas falsas, el caso es que jamás encontré ni una sola moneda de oro. Una noche, cuando empezaba a aburrirme el juego, Peter Pan se me presentó en sueños y me dijo que no me desanimará, que lo estaba haciendo muy bien y que pronto tendría mi moneda. Eso me levantó el animo y volví a intentarlo de nuevo. Os juro que yo jugaba con ganas, y que cumplía las reglas del juego a rajatabla, o eso creía yo.
Una mañana en que no me apetecía mucho jugar, caminaba por una senda que nunca había pisado, y me encontré con alguien que no había visto hasta entonces, se llamaba Campanilla. Me acompañó en mi paseo y me habló de otras formas de vivir en Nunca Jamás. Me recomendó que escuchase la voz de mi conciencia y no las canciones piratas que se oían a menudo.
Empecé a fijarme en cómo jugaban los demás. Veía a muchos Niños Perdidos jugando con empeño, cantaban y reían con sinceridad, sin embargo recibían menos pan con chocolate que otros, y no por eso les vi una mala cara. Me fijé en los piratas, algunos también recibían más pan con chocolate que otros, incluso había piratas que su trozo era más pequeño que el de algunos Niños Perdidos, pero no les importaba porque Peter les prometió que con dedicación, esfuerzo y... algún tiempo conseguirían su meta. Así eran las reglas en Nunca Jamás.
Luego estaban los que no seguían las normas del juego, se saludaban amablemente y prometían ayudarse pero luego hacían trampas hasta en las propias narices del Capitán Garfio, que lo consentía mirando hacia otro lado. A esas alturas yo ya me había fijado en que cada uno iba a lo suyo, no había unión. A pesar de que una de las reglas era jugar en equipo, casi nunca vi a nadie buscando el tesoro en compañía. Vi Niños donde sólo podían jugar piratas, y piratas que hacían de Capitán Garfio, provocando tensión y malentendidos que aprovechaban ellos mismos. Esto no formaba parte de esas reglas que me contó Peter Pan, y me confundió bastante. Me fijé que muchos de los piratas y algunos Niños Perdidos ni jugaban bien, ni reían, pero tampoco hacían nada por cambiar su situación.
A pesar de todas las decepciones sufridas no me di por vencido, Campanilla fue quien me abrió los ojos, y volví a buscarla para comentarle mis impresiones sobre lo que había visto. Con ella comprendí que creer en el espíritu de Peter Pan suponía seguir siendo un Niño Perdido. Que las canciones que cantaba el Capitán Garfio hablaban con bonitas palabras: conciliación, reconocimiento, igualdad, beneficios para todos... pero en realidad dejaba que algunos piratas obligasen a los Niños Perdidos a buscar el tesoro durante muchas horas al día; otras veces los reunían en su tiempo libre para hablarles de las nuevas normas, en vez de dejarles descansar en sus casas; o peor aún, les daban más pan con chocolate a los Niños que a las Niñas. Campanilla me enseñó a ver más allá de Nunca Jamás, ver que existen otros países igual que el nuestro en los que las normas del juego se debaten entre todos, y consiguen repartirse el tesoro jugando con reglas escritas, y no con canciones en el aire.
Pensar que en Nunca Jamás me van a solucionar mis problemas sin yo hacer nada es muy ingenuo. Por eso he llegado a la conclusión de que mientras no estemos unidos y sigamos portándonos como Niños Perdidos individualistas, seguiremos teniendo sólo pan y chocolate.
Desunidos no conseguiremos nada y no creceremos jamás. Tú tienes la solución para cambiar este cuento. Ponle un final feliz y únete a Campanilla.